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Hasta 4 años de cárcel por usar bolsas de plástico

kenia bolsas de plastico
Foto de Viktor Dobai.

AMPARO MONTEJANO – 29 de agosto de 2017.


A partir del próximo lunes, cualquier persona que produzca, venda o utilice bolsas de plástico en Kenia podrá ir a la cárcel hasta 4 años o verse obligado a pagar una multa de más de 33.000 euros.


De este modo, el país africano se convierte en el lugar del mundo con la pena más severa por la utilización de bolsas de plástico como medida preventiva para reducir la contaminación.

Con esta decisión Kenia se une a una larga lista de países como Francia, Italia, Senegal o China que ya han impuesto esta medida por decreto ante las elevadas cifras de residuos que se generan a diario a causa de este producto que tiene un tiempo de uso muy reducido pero que sin embargo tarda entre 500 y 1.000 años en descomponerse.


“Kenia aplicará la pena más severa del mundo por la utilización de bolsas de plástico”


En nuestro país, a pesar de que todavía no se ha dado el paso de su prohibición total, se prevé obligar al cobro de las bolsas de plástico ligeras (espesor de entre 15 y 50 micras) a partir del próximo mes de marzo, para llegar a su completa prohibición en enero de 2020, según recoge un proyecto de Real Decreto de reducción de este material del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente presentado en el mes de julio.

Kenia cuenta con una población de más de 46 millones de habitantes y la reducción del plástico es uno de los grandes desafíos a superar contra el que se lucha desde hace más de 10 años.

Al tener áreas especialmente pobres, la gestión de los residuos es precaria y la atención sanitaria para atender posibles enfermedades generadas por suciedad, muy limitada.


"En los últimos 10 años kenia ha intentado prohibir las bolsas hasta 3 veces"


Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) los supermercados kenianos reparten cada año 100 millones de bolsas de plástico que acaban en su gran mayoría en los océanos, donde se convierten en trampas mortales o alimento para los peces. Además favorecen la proliferación de enfermedades como la malaria o el dengue.

Con estas cifras y las peligrosas consecuencias derivadas de ellas, es evidente que había que actuar. Y por muy impopulares que sean este tipo de medidas, con un producto que se consume en tales cantidades es necesario modificar la normativa de los países en una dirección que fomente la preservación del planeta.



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